Yumbo y sus ciénagas o humedales

Yumbo y sus ciénagas o humedales

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Casona de la hacienda Guabinas en Yumbo hasta donde llegaba el nivel de las aguas de la ciénagas que se formaban en la época de lluvias. Foto para www.todosesupo.com

Por: Juan de Dios Vivas-Satizábal.
Vicente Caicedo, descendiente directo de los esclavos de Mulaló y San Marcos, los de los encomenderos Caicedo y Cuero, cuando cumplió la mayoría de edad fue el escogido para prestar el servicio militar obligatorio. Sería el segundo yumbeño en ir a cumplir con ese deber cívico; ya el año anterior, en 1916, le había correspondido cumplirlo a Antonio Quintero.

Casi setenta años después, en 1988, el mismo Vicente Caicedo le contó a don Ernesto Lenis Díaz que a principios del siglo XX sólo llevaban a prestar servicio militar a un joven por pueblo, y al que escogían debía ser liberal… Vicente, que de política poco sabía, pensó que solo se llevaban a los liberales porque el Presidente de la República era el conservador José Vicente Concha. Sin embargo, más que eso, a Vicente lo que le inquietaba eran los rumores de la Gran Guerra que por esos años se libraba en Europa.

Las ciénagas que por el Oriente rodeaban a Yumbo
El día que Vicente Caicedo salió de Yumbo para el cuartel en el vagón del recién estrenado Ferrocarril del Pacífico, cuando pasaba frente a Puerto Isaacs, llegó a su mente el recuerdo de una mañana de mayo, mes de lluvias, cuando con sus padres abordó la canoa que habría de llevarlos hasta las fincas de la otra banda, como le llamaban los yumbeños a la margen derecha del río Cauca.

En época de verano el recorrido hasta las fincas lo hacían a lomo de bestia. Pasaban al otro lado de Cauca algunos en canoas, los otros, nadando. Pero en este mayo Vicente vio que la cosa no fue igual. El invierno de ese 1908 fue tan crudo que el río Cauca creció tanto que formó un solo mar desde el paso de Punta de Yumbo, como se le conocía a Puerto Isaacs antes de 1915, y se unió con las ciénagas de Sondó (en Guabinas), La Sierpe, el Cenizo, el Tajo, el Chamicero, el Perro y el Lanchero.

Ese inmenso lago lo debían surcar los yumbeños que tenían sus fincas en la margen derecha del río Cauca. Por la tarde, para regresar a sus casas, los canoeros llevaban primeramente los frutos de las fincas, luego regresaban con sus canoas vacías para transportar a padres, madres e hijos para que llegaran secos a sus casas. Muchas veces, para ahorrar esfuerzos, sobre todo en los más chicos y en las mujeres, echaban canalete hasta más abajo del cementerio por el camino que lleva al Higuerón… Es que  en alguna ocasión hubo un invierno tan fuerte que la inundación del río Cauca llegó hasta cinco cuadras más abajo del cementerio.

Camino al Higuerón hasta donde en ocasiones llega el agua con las crecientes del río Cauca. Foto www.todosesupo.com
Camino al Higuerón hasta donde en ocasiones llega el agua con las crecientes del río Cauca. Foto www.todosesupo.com

La pesca en la ciénaga de Sondó
Rumbo al cuartel ese día de 1917 cuando el tren pasó frente a la hacienda Guabinas, Vicente Caicedo recordó las veces en que se zambulló en la ciénaga de Sondó a pescar. Allá iba con los Vergara, los Sánchez, los Salcedo y demás muchachos de La Chanca. La producción de peces en las ciénagas que por el oriente sitiaban a Yumbo era generosa. Las pequeñas embarcaciones eran insuficientes para las sartas de pescados de las ciénagas, y la romería de niños y jóvenes, a pie por el camino que salía de Punta de Yumbo, con las varas de guácimo repletas de pescados, daban muestra de lo generoso que era el río con los yumbeños.

En la distancia Vicente alcanzó a divisar, a través de las ventanillas del tren, los inmensos árboles que sus padres le decían que eran los burilicos. Siempre pensó que la gran población de peces era porque de ese árbol caían al agua unos frutos rojos, muy apetecidos, además, por las piaras de cerdos salvajes que se reproducían a la orilla de Cauca.

A la sombra de esos inmensos árboles muchas veces se prepararon los sancochos de bocachico y bagres con el plátano y la yuca sembrados en las fincas, siempre cuidando las mamás que las yucas no se desbarataran porque la candela que daba la leña de los burilicos ardiendo en los fogones era muy buena y en un ya, vea, estaba hirviendo el sancocho…

Humedal El Higuerón. En el siglo XXI poco o nada es lo que queda de las ciénagas que existían en Yumbo. Foto www.todosesupo.com
Humedal El Higuerón. En el siglo XXI poco o nada es lo que queda de las ciénagas que existían en Yumbo. Foto www.todosesupo.com
Según los adultos, una inmensa serpiente salía de la ciénaga y atemorizaba a los indígenas. Imagen tomada de Internet.
Según los adultos, una inmensa serpiente salía de la ciénaga que atemorizaba a los indígenas.
Imagen tomada de Internet.

La ciénaga de La Sierpe y su mito
Siguiendo el tren del Ferrocarril del Pacífico su rumbo al sur, Vicente Caicedo recordó no solo la pesca, los viajes a las fincas y los sancochos a la orilla de las ciénagas a la sombra de los burilicos, sino que a su memoria vinieron también los regaños y las advertencias que los mayores, de manera especial los Vergara, les hacían a los niños y jóvenes:
-!Vean muchachos, no se vayan a meter al centro de la ciénaga, allá donde se alcanzan a ver esos balsales (barzales), pues ahí está la víbora, esa culebra grande que es peligrosa…¡

Vicente nunca vio la víbora que tanto temían los adultos y que, por si acaso, algunos llevaban escopetas en sus canoas para defenderse. Pero sí recuerda las bellas flores lilas de la lechuga de agua que adornaban esas empalizadas o barzales.

Con el recuerdo de la temida víbora, Vicente Caicedo desde el vagón del tren dio una mirada hacia el Portachuelo, al sur del poblado, al pie de la loma donde muchos años después pondrían las tres cruces. En ese sitio, cuando cortaban camino rumbo a la ciénaga de Sondó, vio los vestigios del viejo adoratorio indígena. Los mayores decían que ahí era donde los antiguos indios realizaban los rituales para calmar a La Sierpe, según ellos, la gran serpiente que saliendo del fondo de la gran ciénaga atemorizaba a los aborígenes.

Nada quedó de ese adoratorio. Cuando se llevaron a cabo las obras de construcción del ferrocarril, algunos advenedizos lo destruyeron creyendo que las piedras cilíndricas que sostenían la gran mesa del altar estuvieran rellenas de oro. Lo único que quedó del adoratorio fueron Los Carones, en medio del monte del Portachuelo, y la piedra de la mesa del altar que terminó como puente en la Acequia Grande a la altura de la carrera once con calle novena, por donde muchas veces pasó Vicente Polanco y demás muchachos de la Chanca.

¿El retorno de las ciénagas?
Las ciénagas y los peces poco a poco fueron desapareciendo. Fueron invadidas por las plantas acuáticas que agotaron el oxígeno de sus aguas, y los peces no volvieron. El terraplén construido para los rieles del Ferrocarril del Pacífico camino a Cali cortó el paso de las aguas crecidas del río Cauca hacia el sector de Guabinas y el limo acumulado después de tantas crecientes terminaron con las ciénagas.

Han pasado muchos años. Es posible que Vicente Caicedo, junto con los demás muchachos de su época, desde el más allá haya visto que casi cien años después de su viaje en tren rumbo al ejército, lo que otrora fue el inmenso mar del Cauca y las ciénagas estén volviendo por sus fueros. Eso creyó al ver cuando en los inviernos del 2010 y 2011 se inundaron Cencar y la Zona Franca del Pacífico…

Con las lluvias de los años 2010 y 2011 pareciera que hubiera vuelto la época de las ciénagas a Yumbo. Cencar y la Zona Franca del Pacífico, por varios días inundadas. Foto tomada de Internet.
Con las lluvias de los años 2010 y 2011 pareciera que hubiera vuelto la época de las ciénagas a Yumbo. Cencar y la Zona Franca del Pacífico, por varios días inundadas.
Foto tomada de Internet.

BIBLIOGRAFÍA:
-Mendoza Mendoza Alberto. Memorias de Yumbo. 1983
-Lenis Díaz Ernesto. San Sebastián de Yumbo. Mi antiguo Xio Boi. 2007

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