Memorias de las retretas en el parque Belalcázar de Yumbo

Memorias de las retretas en el parque Belalcázar de Yumbo

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Juan de Dios Orrego llegó al municipio de Yumbo en 1966 a formar parte de la banda municipal. Foto para www.todosesupo.com

Por Luis Fernando Riascos Escobar para www.todosesupo.com
Juan de Dios Orrego me dijo que el 8 de enero de 1989 fue un domingo en el que reunió a algunos viejos amigos para interpretar una retreta en el parque Belalcázar. Me lo contó mientras revisaba una vieja libreta de color café de páginas amarillas, ahí tenía apuntes con letra cursiva con fechas que venían desde la década del cincuenta, apuntó la mirada y leyó:

“Este día se interpretó la primera retreta en el parque Belalcázar después de once años de silencio musical y la integraron las siguientes personas: Joaquín Bejarano, Sofía Ramos, Lisandro Perdomo, Alexander de los Ríos…”.

Ese domingo del 89 estaba lejos de los domingos en los que se paraba en el parque con su trompeta y traje de paño negro, con unos veinte compañeros y a ritmo de porros y pasillos formaban fiesta con las personas que salían de misa, “la gente llevaba aguardiente y no lo metíamos”, recuerda don Juan Orrego.

En ese tiempo, según el cronista Hernando Cortázar, en la iglesia del Señor del Buen Consuelo se realizaban matrimonios “de 6:30p.m y 7:30 p.m, generalmente los músicos eran contratados desde las once de la mañana y así continuaban hasta la noche, y en ocasiones hasta dos días. Se abastecía de comida cuya especialidad era el sancocho de gallina de patio y mucho aguardiente”.

Hablamos de unos veintitrés años antes del domingo del 89, ese fue el día en que Juan de Dios Orrego llegó al municipio de Yumbo a conformar la banda municipal, lo habían visto sentado en la Plaza de Caicedo de Cali con una trompeta y le dijeron “atraviese el puente que allá están necesitando músicos”. Del otro lado estaba el Batallón Pichincha y de ahí saltaría a Yumbo.

Su trompeta se hizo famosa animando toda clase de bailes, no sólo con la banda, conformó la orquesta Los orientalistas que se presentaba en distintas fiestas, según Cortazar, esas fiestas “se hacían en la casa y como los pisos eran de tierra, los zapatos se llenaban de polvo, pero el entusiasmo y la alegría continuaban hasta altas horas de la noche y la madrugada. Los ritmos eran los pasillos, el bambuco fiestero, la rumba criolla”.

Pero antes que don Juan prosiguiera con su relato en la sala de su casa en la carrera 10 del barrio Uribe, le interrumpí para que me contara por qué estaba sentado en la Plaza de Caicedo si él es de Macedo, un pueblo de Antioquia.

Don Juan sacó del bolsillo de una camisa verde que lucía, un lapicero y volvió a revisar en su libreta de apuntes, y luego de encontrar la nota precisa que guardaba de esos días me contó que “Joaquín Cataño, el bajista de la banda de Macedo, quién me enseñó solfeo, me hablaba mucho de Palmira, que era muy lindo, un día le dije que viajáramos, pero en el camino empezó a hablar de Cali, entonces le dije al chofer, siga derecho pa’ Cali”.

En Macedo, donde nació el ocho de marzo del año 1928, había entrado en contacto con la música trepándose en los árboles de aguacate; desde ahí apuntaba el oído y escuchaba la banda del pueblo, hasta que Joaquín Cataño le pasó un bombo y unos platillos, sus primeros instrumentos.

Volviendo al día en que llegó a Cali, don Juan cuenta que pasó la noche en una pensión cerca de la iglesia Ermita y cuando amaneció desayunó en un café y se sentó en la Plaza de Caicedo, “yo soy músico, contestó cuando le dijeron que en el Batallón necesitaban músicos”.

En el Batallón Pichincha, donde se vincularía como músico hasta 1978, uno de sus compañeros lo convidó para que hiciera parte de la banda municipal de un pueblo del que no había oído antes: Yumbo. Del personaje que lo invitó y del pueblo donde pasaría los siguientes cuarenta años y tendría cuatro hijos, saca unos recuerdos de la libreta café con páginas amarillas y de letras cursiva, y cuenta:

“Eran casas de paja, nosotros ensayábamos en un salón que quedaba frente a la galería. Lo bueno de esa banda era que la conformaban músicos de Palmira, Jamundí y Yumbo, nos contrataban a las fiestas patronales de los pueblos cercanos. El director era el compañero que conocí en el batallón, era de Yumbo, se llamaba Julio César García Ayala”.

El nombre de Julio César García Ayala le resulta común a cualquier yumbeño por ser el nombre de un encuentro de intérpretes de envergadura nacional que se realiza en noviembre, “yo era músico mayor y por eso salía a fiestas a pueblos, fincas. Mientras salía, Julo César Ayala se quedaba encargado de la banda y de las retretas en el parque”.

Desde que salió del Batallón Pichincha en 1978, dice él mismo, que la música le dio de comer, incluso como docente de teoría musical en la antigua Casa de la Cultura, en tiempos del desaparecido exalcalde Jairo Romero González.

Luego de mostrarme fotos, diplomas y reconocimientos, cuando cerraba la libreta café con páginas amarillas y letra cursiva, sólo se me ocurrió despedirme preguntándole qué extrañaba de esos años de trompeta, pasillos y fiestas; la respuesta le pareció obvia y doblando el codo soltó una carcajada.

Luis Fernando Riascos Escobar, comunicador social de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Foto www.todosesupo.com
Luis Fernando Riascos Escobar, comunicador social de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Foto www.todosesupo.com

(Refrescamos esta crónica que publicamos inicialmente el 27 de julio de 2011. Reiteramos nuestros agradecimientos al comunicador social Luis Fernando Riascos Escobar).