Hoy no escribo ni como director de todosesupo.com, ni como socio de Los Del Medios S.A.S., ni como historiador. Hoy soy el ciudadano del común, el padre de familia de una niña que sueña con el arte.

Mi hija Ana Sofía Vivas-Rincón cuenta siete años de edad; estudia Ballet en el Imcy, y en el colegio Gaia, donde cursa sus estudios, está aprendiendo a tocar violín, flauta y a hacer unos bellos tejidos en lana. Gracias a Dios, tiene un alto sentido por lo artístico, por la estética, entendida ésta como esa capacidad que tenemos los humanos para apreciar lo bello, aún detrás de las apariencias. Porque lo que para mí es bello, para otros puede ser horrible, o viceversa: he ahí el riesgo que corremos cuando pretendemos imponer a los demás nuestros propios criterios.

En el Imcy, la maestra Laura Márquez, profesora de mi hija estableció la estupenda estrategia de que los padres podamos participar de manera conjunta con nuestros hijos en la clase de Ballet una vez por semana. Y este martes 27 de marzo de 2012, feliz salí de mi casa para compartir la clase con mi hija. Pero la felicidad se me acabó a la entrada de la sede del Instituto Municipal de Cultura de Yumbo porque la guarda de turno me dijo que yo no podía seguir porque está prohibido entrar en pantalones cortos al Imcy. Después una servidora pública me autorizó para seguir a la clase con mi hija, pero con la condición de que la próxima vez no me dejarían entrar.

Esta medida me parece colmada de absurdo, por no decir que rayana en la estulticia, en contravía de lo que es Cultura: formas de ser, de interactuación, de relación del individuo con el medio. La forma de vestir es una de las tantas manifestaciones de lo cultural, y pretender dictar cómo se debe vestir, o qué es lo correcto o incorrecto en el vestir (siempre y cuando no se atente contra las elementales normas de convivencia ciudadana, contra el pacto social de los conciudadanos), es algo que no debe tener cabida en un Estado democrático, participativo y, de contera, pluricultural como el nuestro. Pretender imponer talanqueras a la libertad individual es algo que toca linderos de los gobiernos totalitaristas o fascistas.

Quienes tienen el privilegio de trabajar en lo cultural, han de tener una mente abierta, tolerante y nunca con la pretención de moldear a los demás de acuerdo a sus criterios, por buenos que ellos les parezcan que sean. Hay que permitir el libre desarrollo de la personalidad, y ésta no se mide por un vestuario o por el color de la piel, o por los gustos gastronómicos. Si así fuere, estaríamos regresando a la época de la caverna cuando imperaban las concepciones etnocéntricas para abordar lo cultural, y ya sabemos (cuando repasamos la Historia) cuántos muertos les ha costado a la Humanidad por acciones derivadas de tales posturas.

Una anécdota para matizar el asunto: culturalmente hemos sido pródigos en dotar de “doctorados” por doquier a todo el mundo. Soy Profesional con algunas actualizaciones; no he tenido ni el tiempo ni los recursos económicos para una especialización, un magister y muchos menos para un doctorado. Sin embargo, algún día, alguien en alguna reunión me dijo:
Doctor Juan de Dios, y ¿usted por qué no usa corbata?
En ese instante no pude más que compadecerme de muchos de mis contertulios que soportaban esa prenda que remonta al ícono fálico con que los antiguos croatas se adornaban en los días de invierno cuando apenas alboreaba la Humanidad, y le contesté a quien me increpaba, según él, mi falta de elegancia en el vestir:
Querido amigo; lo que pasa es que yo uso la cabeza…

Ojalá no sea cierto lo que me dijo la servidora pública en el Imcy. Que la prohibición del ingreso en pantalones cortos es una norma del Reglamento Interno del Instituto. Espero que el gerente John Edison Chávez me dé copia de tal Reglamento para saber a qué atenerme cuando quiera regresar al Imcy, mi casa.

Adenda final: Soy solidario con aquellos que en el Cabildo Municipal se oponen a que los ediles deban asistir con saco y corbata a las sesiones.
¿Quién puede indicar dónde empieza y termina el buen gusto, las buenas maneras? Que ni se asome Diógenes el Cínico con su farol a indicárnoslo porque quién sabe cómo le irá…

Por: Juan de Dios Vivas-Satizábal.

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