El progreso es una de esas cosas que uno cree saber qué es hasta que se lo pregunta. Tenemos, en general, una idea bastante singular de él: a veces una pretensión inalcanzable, a veces una especie de estado alcanzado permanentemente, a veces un poco de ambas.

Sin el menor reparo, llamamos centro comercial a una vieja fábrica abandonada que es convertida en una bodega repleta de cachivaches. Asimismo, una vía de un par de carriles que puede ser bloqueada sin mayores esfuerzos, es denominada como autopista por la que transitan vehículos que —parafraseando a Nigel Barley— son construidos «para acomodar de doce a veinte personas en las cuales los propietarios pretenden meter entre treinta y cincuenta. Si el vehículo produce la falsa impresión de estar a punto de reventar, la solución corriente es arrancara toda velocidad y seguidamente accionar los frenos , lo que permite siempre hacer sitio para un par de personas más». A todo esto le añadimos unos cuantos semáforos con función meramente ornamental y decimos con la misma voz triunfante de cierto expresidente neoliberal: «¡Bienvenidos al futuro!».

Eso sin mencionar el optimismo desmesurado que ha despertado la entrega que se ha hecho de un extenso territorio a la construcción de una estación de policías. Terreno que —dicho sea de paso— estuvo destinado a un proyecto cultural que fue desechado por «falta de presupuesto».

Lo llamativo no es solamente que se pueda gestionar recursos para una cosa en cambio para la otra no; sino que se crea, de forma infundada pero obstinada, que la llamada «fuerza pública» tenga más capacidad que el fomento de cultura para hacer frente a los problemas sociales que afronta nuestro municipio. Y es que, está bien, pretender hacer frente a un problema urgente de orden público a punta de talleres artísticos es como tratar una esquizofrenia con acupuntura, pero hacerlo dándole toda la responsabilidad a la parte represiva del Estado es como tratar una diabetes con licor.

¡La cultura!: esa coqueta pero esquiva dama que ha tenido más pretendientes que amigos, al menos en la historia reciente de Yumbo, y, como queda demostrado, también en la actualidad.

Por Marlium Jamir Pérez para www.todosesupo.com.

Marlium Jamir Pérez /Estudiante de sociología y de estudios políticos y resolución de conflictos; miembro de la Asamblea Departamental de Juventudes Liberales, del colectivo Colombianos y Colombianas por la Paz, del Parlamento Nacional de Juventudes Liberales y del Instituto del Pensamiento Liberal ‘Alfonso López Michelsen’.

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