Veinte experiencias, veinte relatos que retratan la vida cotidiana del municipio de Yumbo durante el siglo XX. El historiador Luis Alberto Londoño, selecciona e indaga testigos y protagonistas de excepción de los procesos económicos, sociales y culturales de esta población, compilando estas charlas en el libro `La gente de Yumbo cuenta su historia`.

El Instituto Municipal de Cultura de Yumbo (IMCY), manteniendo su compromiso por recuperar la memoria histórica del municipio, transcribió e imprimió el material investigativo de Luis Alberto Londoño, Secretario de Educación municipal, para que sea una fuente de consulta escolar y de académicos de distintas disciplinas sociales y humanas.

Fiel a su talante de investigador, en esta oportunidad Londoño apela a las entrevistas, material gráfico y fotografías como su principal instrumento, recordando al lector que la memoria histórica de un pueblo registra diferentes aspectos de su arquitectura y relaciones sociales.

Es así como el mismo discurso de los entrevistados, reconstruye sucesos olvidados como el de la existencia de un puerto durante las primeras décadas del siglo anterior, un lugar donde zarpaban buques como el Palmira, el Sucre, el Ricaurte y el Mercedes, y llegaban máquinas a vapor con café, cacao, arena, y hasta cemento sueco y ropa inglesa.
Era un ´pueblito´ donde se concentró la economía municipal, con el primer banco que abrió sus puertas, marineros, playa y bodegas donde bajaban los bultos de café procedentes del viejo Caldas que después irían a la estación del tren para luego ser despachados para Cali. Llegaban y salían embarcaciones hacia la Virginia Caldas, Juanchito, Puerto Tejada y Buga.

Yumbeños trabajaron en este Puerto con nombre de literato, Puerto Isaacs, en el oficio de saloneros, lavando los buques y sirviendo comida, por sueldos de $12. Se decía que los barcos llegaban en la noche y despertaban en medio del bullicio de puercos, sancocho de olla, venta de licor, “alcanzaban a llegar por hay unos cinco barcos, ese descargue y cargue que era en el hombro, se demoraba un día”, le contó Samuel Arango Santamaría (Q.E.P.D.) al autor.

De los tiempos de la navegación a vapor, el lector podrá pasar testimonio tras testimonio, a los días en que en Yumbo las tierras de los solares y haciendas no volvieron a dar cosecha, y la gente se empleó en enormes instalaciones de tornos, hornos y calderas: las industrias.

Se habla de unos japoneses que llegaron con una fórmula secreta para hacer vajillas, Yuso Takeshima y Domingo Shirakava, pero la arcilla colombiana era tan pobre para su tecnología oriental, que muchos platos salían negros, como carbonizados, y les tocaba cambiarle a la gente toda esa producción por periódico, tres o cinco vasos por un kilo de periódico que servía para empacar platos en la fábrica.

La empresa se llamó Cerámicas del Valle y los japoneses resultaron casándose con yumbeñas. Algún día de 1994 una puja entre sindicalistas y propietarios la hizo cerrar, pero don Hernán Cortázar cuenta que algo se quedó para siempre por estos lados: “Esta vajilla, nunca la han podido imitar, desmantelaron esa empresa pero la formula no la han podido imitar, Alfonso Nuñez dice que no la vende, el anda por ahí, él tiene la formula…”

Reseña: Luis Fernando Riascos.

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