Lo peor que ha sucedido al P.P.Y. es haber sido relacionado con alguna administración en particular. No porque ésta sea mala referencia -no necesariamente- sino porque quienes no simpatizan con ésta no encuentran motivos para tragarse aquel. Así de sencillo.

Debemos abandonar la gran idea -pero no por grande correcta- de creernos los pioneros en el tema. Hay experiencias de democracia participativa en América Latina bastante anteriores a la de Yumbo. La Mesa de Concertación Contra la Pobreza, por un lado (Perú) y el Presupuesto Participativo, por otro (Brasil) son dos vívidos y vividos ejemplos de ello, aunque el primero más moribundo que el otro.

El segundo caso se parece más al que se emuló – ¿o simuló?- en Yumbo, puesto que sí hubo mesas y algo de concertación pero no contra la pobreza sino más bien a favor de ciertas prácticas clientelistas que lograron opacar el espíritu de la iniciativa. No obstante, lejos de demostrar el triunfo de estas prácticas arraigadas cual garrapata a las formas de hacer política, el hecho lo que evidencia es el temor de ciertos sectores a perder el combustible de sus maquinarias: el clientelismo entendido como el intercambio de favores y beneficios por lealtades y votos principalmente.

Sirve de base a lo anterior, el hecho de que las experiencias de democracia participativa tienen en común que sólo se producen cuando coinciden las voluntades de las llamadas élites políticas y las de las bases y fracasan cuando dejan de coincidir. Valdría la pena preguntarse, en Yumbo, cuál de las dos voluntades dio papaya… ¿o acaso ambas?

Por: Marlium Jamir Pérez /Estudiante de sociología y de estudios políticos y resolución de conflictos; miembro de la Asamblea Departamental de Juventudes Liberales, del colectivo Colombianos y Colombianas por la Paz, del Parlamento Nacional de Juventudes Liberales y del Instituto del Pensamiento Liberal ‘Alfonso López Michelsen’.

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