La estrategia del mal paciente

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Se me crea o no, pertenezco a ese grupo de personas que encuentran en los abuelos reflexiones tan profundas que no tienen mucho que envidiarle a los grandes tratados filosóficos que, hay que decirlo, también tienen su mérito.

En mi caso particular, el abuelo Gustavo, uno de mis abuelos —el materno— mitad obrero y mitad campesino, relataba cómo sus compañeros obreros mitigaban la sed preparando grandes cantidades casi industriales de esos frescos artificiales que vienen en polvo y que se consiguen bastante económicos en tiendas y supermercados. Entre el calor de la jornada y el agotamiento por el calor, la preparación resultaba ser lo suficientemente reconfortante como para ejecutarla repetidas veces.

El chiste del asunto es que en vísperas de la periódica revisión médica, los astutos y sagaces trabajadores acostumbraban tomar una buena tasada de café —como dicen los turcos— «negro como el infierno, fuerte como la muerte y amargo como el amor». Esto con el claro y premeditado objeto de que las pruebas de glucemia salieran tan perfectas como si siguieran una estricta dieta permanentemente. El resultado, por supuesto, era el esperado: habían logrado engañar al médico una vez más… ¿al médico? Pues unos años más tarde la mayor parte de los ya jubilados compañeros del abuelo Gustavo —incluido él mismo— tuvieron líos serios con consecuencias como la diabetes y sus drivados o semejantes.

Lo propio, la misma práctica —guardando las proporciones— empieza a hacer parte de la arena política de Yumbo por los días de la tal fiesta democrática. Surgen nuevas encuestas con la rigurosidad de una gelatina que dan por ganador aplastante al aspirante que haya contratado la firma que las haga.

La cuestión hunde sus raíces en una costumbre más o menos generalizada que bautizaré provisionalmente como el síndrome de Florence Jenkins, reconocida soprano estadounidense famosa por sus pésimas interpretaciones de las grandes obras clásicas de la música, no obstante, ella estaba convencida de cantar a las mil maravillas y contaba con un séquito de alcahuetes, o bien, una buena proporción de espectadores que asistía a verla sólo para divertirse burlándose de ella, sin que nadie se atreviera a mencionarle que tal vez tuviera mucho talento pero en otros campos lejanos a la interpretación musical. «La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté» solía responder a quienes, según ella, le tenían «envidia profesional».

Unas veces el truco consiste en ni siquiera contratar firma alguna, sino en divulgar los supuestos resultados en gráficos que casi nunca muestran gran empeño en su diseño; pero otras veces la cuestión radica en algo más grave, democráticamente hablando, y es no contratar ninguna firma encuestadora sino simplemente mostrar el mismo tipo de gráficos pero sin el más mínimo sustento por lánguido que pudiera ser.

El concho: Incluso puede decirse, sin temor a equivocarse, que las más de las veces la encuesta ha llegado a sustituir la consulta popular que es obligatoria en los estatutos de algunos de los partidos políticos y que suele ser más cercana a la democracia participativa que a la representativa.

Por Marlium Jamir Pérez para www.todosesupo.com

Marlium Jamir Pérez

Marlium Jamir Pérez / Estudiante de sociología; Exparlamentario Nacional de Juventudes Liberales, miembro del colectivo Colombianos/as por la Paz, Exasambleísta Departamental de Juventudes Liberales del Valle del Cauca, miembro del Comité Ideológico de la Juventud Liberal Socialdemócrata (JLS).

Nota: Este es un espacio de opinión independiente y libre expresión donde se refleja exclusivamente las ideas del autor del artículo, por lo tanto, no compromete la posición de Los del Medio S.A.S. ni del portal todosesupo.com

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