Para muchas personas, la sensación de amenaza que ocasiona un sismo puede permanecer durante horas o días: la hipervigilancia ante una réplica o un nuevo sismo mantiene el cuerpo alerta pendiente de activar nuevamente el miedo como mecanismo de defensa.
Según Liliana Riveros, directora docente del Programa de Psicología virtual de la Fundación Universitaria del Área Andina, estas reacciones pueden entenderse como respuestas normales y adaptativas frente a una experiencia de estas características. Después de un desastre, el cerebro puede desarrollar un sesgo atencional hacia las señales de amenaza, es decir, permanecer pendiente de cualquier estímulo que pueda anunciar un nuevo peligro.
Por eso, sentir pánico, dificultad para dormir o una fuerte preocupación no significa que una persona esté desarrollando un trastorno psicológico ni que sea débil. Cada individuo procesa una emergencia de manera diferente y, en esta etapa, es importante evitar juzgar las propias reacciones o las de los demás.
Uno de los primeros pasos para recuperar progresivamente la sensación de seguridad consiste en volver a las rutinas básicas: dormir y alimentarse lo mejor posible, mantenerse hidratado, reducir la exposición permanente a noticias y redes sociales, consultar información únicamente en fuentes confiables, realizar respiraciones lentas y procurar permanecer acompañado.
¿Cómo hablar con los niños?
En los hogares donde hay niños, la recomendación no es decirles que “no tengan miedo” o que “no pasó nada”. Esto podría invalidar su experiencia. Es preferible preguntarles qué sintieron, reconocer su emoción y explicarles lo ocurrido con información sencilla, adecuada para su edad.
Los adultos también cumplen una función esencial como modelos de regulación emocional. Seguir los protocolos de seguridad, consultar fuentes oficiales y expresar las emociones de manera regulada permite transmitirles a los niños un mensaje importante: es posible sentir miedo y, aun así, actuar frente a una situación difícil. Recuperar gradualmente los horarios y rutinas como el juego, la alimentación, el descanso y los espacios de conversación también contribuye a reconstruir esa sensación de estabilidad.
Es importante comprender que los Primeros Auxilios Psicológicos no buscan hacer terapia ni obligar a la persona a tranquilizarse. Su propósito es reducir el estrés, favorecer la adaptación y fortalecer las estrategias de afrontamiento si un familiar, vecino o compañero presenta una crisis de llanto, pánico o parálisis emocional.
Así, reconstruir la estabilidad después de un desastre no depende únicamente de la voluntad individual. La resiliencia es un proceso que también necesita condiciones de seguridad: vivienda, alimentación, salud, información y un acompañamiento profesional y seguro.
Fuente: Fundación Universitaria del Área Andina / Pilar Cáceres Aponte. Conserje de Periodismo de Marca.
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