La casa de la encrucijada

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Por Luis Fernando Riascos Escobar.
La casa está ahí: al pie del semáforo. Está ahí, a la vista de todos: los que van para el centro del Municipio de Yumbo, los que salen para Cali, los que se enrutan hacia el interior del país por la autopista Panorama. Porque está colocada a un lado de donde desemboca esta vía nacional, en la calle 15 de este Municipio, que en este tramo es de doble calzada, y atraviesa la vía férrea. Siempre hay carros que vienen y van. Vamos y venimos, la casa está ahí siempre.

Esta casa de fachada azul celeste a la que se asocia con los antiguos ferrocarriles y que de lo vieja se puede perder como un accesorio más del paisaje, a muchos les causa curiosidad, no se ve que la merodeen, parece abandonada y se ha especulado que hace años nadie coloca un pie adentro. Se escucha decir a cada rato: “¿Vivirá gente ahí?”. Alguien más folclórico dijo: “Parece la casa de la bruja del 71, nadie la ha visto por dentro”.

La respuesta: sí vive gente ahí, los mismos desde hace 29 años. Bueno, tres de los que inicialmente se mudaron una noche de 1988 cuando doña Gloria Muñoz llegó a ver el reinado nacional de belleza a esta casa, habitada por esos días por una compañera de trabajo: “La señora me daba permiso de ver novelas porque yo no tenía televisor. A mí no me arrendaban en ningún lado porque tenía un nieto pequeño y mi hijo tenía dos años. A la señora le habían quitado la energía que Ecopetrol le daba, ella me dijo ‘me voy así, no puedo vivir’, y yo le respondí ‘no será que me la arrendan… ¡Después de que tenga agua, o sino la traigo de Colgas!’”.

Doña Gloria trabajó en los quioscos de lata que quedan frente al cementerio; tuvo un puesto de dulces y fue cocinera en la antigua estación de buses de Trans Yumbo, que también quedaba al borde de la Panorama. Foto Luis Fernando Riascos Escobar.

Estas referencias a factorías son comunes en doña Gloria, porque al no tener viviendas cercanas éstas y sus celadores han sido sus vecinos, el patio de su casa colinda con una malla que la separa de Ecopetrol, que está junto a Texaco, empresas de combustible asentadas hace medio siglo en estos territorios desolados de Yumbo, más allá contiguo también se encuentra el Cementerio Católico Municipal.

Toda esta zona es de ella, la conoce mejor que nadie, trabajó en los quioscos de lata que quedan frente al cementerio, tuvo un puesto de dulces y se desempeñó como cocinera en la antigua estación de buses de transporte público (Trans Yumbo) que también quedaba al borde de la Panorama: “Llegué a tener una huerta en el patio, donde sembraba cilandro y tomate, se los vendía en bultos a los dueños de los quioscos”.

Sin visitas
Al parecer la casa fue usada por la desaparecida empresa Ferrocarriles de Colombia para guardar autopartes de los trenes y para sitio de alimentación de sus obreros. Desde su exterior se denota una forma rectangular (un frente de unos quince metros con una profundidad de ocho) y unas marcas alrededor de sus ventanas provocadas seguramente al ser reemplazadas las originales.

Es jueves santo, 13 de abril, y salió un sol enfurecido después de la lluvia de estos días, sobre la vía del tren hay tráfico humano: niños, parejas, hombres solitarios, familias. Caminan hacia la basílica del Señor de los Milagros de Buga como penitencia o promesa, les faltan 60 kilómetros para llegar. Más tarde, en la madrugada del viernes, será tal el gentío por este sector que parecerá los alrededores de un estadio. A diez metros de la casa, ninguno se detiene a mirarla, no les llama la atención.

La casa está al lado derecho de la vía donde desemboca la vía Panorama, en la calle 15 de Yumbo. Siempre hay carros que vienen y van. Vamos y venimos, la casa está ahí siempre, pero pareciera no verla nadie. Foto cortesía Bomberos Yumbo.

No esperan visitas, tampoco están acostumbrados a recibirlas, doña Gloria asoma a la ventana una, dos, tres veces, un día, otro día, hasta que cede y abre la puerta. Del otro lado lo primero que se ve es un pasillo que han construido después de la entrada principal, han extendido las paredes laterales más de un metro para distanciarse de la calle y adicionaron una puerta, por donde se entra. Tiene un techo falso de madera carcomida que parece que al tocarlo se vendrá abajo.

Ya en el interior hay tres habitaciones, dos a la derecha y una a la izquierda, la cocina también de este lado. Tiene un piso de color verde y amarillo que forma cuadros de cuatro baldosas. En la parte de atrás se alcanza a ver un mueble para ver televisión, y más al fondo, en el solar, un árbol de almendras y un tanque gigante de Ecopetrol. Dos de las habitaciones conservan unas puertas compuestas de dos partes iguales de madera que abren hacia los lados, al estilo colonial.

Se siente ambiente de descanso, de finca, de campo, a pesar de que se escucha el tránsito de tracto camiones y el pito de desesperados conductores que se atascan en el semáforo, un gallo que canta desde el solar se suma a esta sinfonía y surge la voz de John Jairo Rendón:
“El ruido no me estorba, puedo dormir hasta las once la mañana cuando no madrugo a trabajar, no necesito usar tapones en los oídos como mi hermano”. John Jairo fue el bebé con el que doña Gloria llegó en los ochenta. Duerme con toldillos porque los zancudos sí que son salvajes en la noche, tiene 31 años. “Peor es aguantarse la inseguridad cuando hay partidos, pintan la casa con grafitis, aquí se citan hinchas de otras ciudades para ir al estadio, hasta cien personas”.

Esta es una de las razones por la que modificaron el ingreso a la vivienda, cambiaron las ventanas por unas más resistentes y sellaron las que había en los cuartos.

En el patio de la casa se siente ambiente de descanso, de finca, de campo, a pesar de que se escucha el tránsito de tracto camiones y el pito de desesperados conductores que se atascan en el semáforo, un gallo que canta desde el solar se suma a esta sinfonía. Foto Luis Fernando Riascos Escobar.

También comenta sobre las manadas de murciélagos que los obliga a encerrarse cuando empieza a anochecer: “A las seis de la tarde sonaban y se podían ver, había mucho murciélago, yo llegué a contar hasta 150 murciélagos”.

Entre el techo de madera y las tejas de Eternit que cubren la vivienda queda un espacio oscuro que servía de refugio a los mamíferos voladores. “Una vez fui hasta allí arriba, llevé la linterna con pilas nuevas y apenas la prendí se descargaron”. Desde ese día ninguno frecuenta este sitio.
Lo del ruido es lo normal para ellos, como música de fondo en sus conversaciones, y aunque el tren ya no es puntual –siempre pasaba todos los días a las 5 a.m.– sigue pasando y hace que zumben las ventanas y vibren las paredes.

Y es que diferente a otros pueblos de Colombia donde los trenes dejaron solo los recuerdos y las estaciones abandonadas, Yumbo no vive de esa nostalgia y salvo pequeños periodos, desde que en agosto de 1914 asomó la primera máquina ferroviaria en lo alto de uno de los cerros que lo circundan, su presencia ha sido constante, tanto que hoy el concesionario Tren de Occidente hace uso de la estación yumbeña para que los vagones cargados se repotencien rumbo al puerto de Buenaventura.

Varias generaciones de yumbeños han visto la casa de la encrucijada. Esta foto es de 1954, en la llegada del presbítero Jesús Zuluaga a Yumbo. A la derecha, blanquecina, solitaria en medio de los mangones, está la casa… Foto cortesía Gustavo Lenis Bejarano.

Pero volviendo a la casa la pregunta es obligada: “¿Hace cuánto se construyó, ¿qué tan vieja es?”.
“Mirá que siempre nos preguntan lo mismo, pero no sabemos, por ahí había una placa que se perdió, tenía una fecha, 1950”, responde John Jairo sentado en el sofá que está diagonal a un televisor de pantalla plana; su mamá que permanece a su lado de pie le recuerda que en el piso de la cocina también hay unos números escritos.

“Ah sí, sí”, comenta el joven y se dirige a una cocina que en su suelo no tiene baldosas, es de cemento limpio, pasea un poco la mirada y cuando encuentra la marca la desempolva y se descubre lo que es aparentemente una fecha “XI-17-19…” el último número de dos dígitos puede ser un 30 o un 70, no se entiende.

Un documento firmado por un licenciado en Ciencias Sociales, docente de la Universidad Francisco José de Caldas (Andrés Fernando Castiblanco), dice que un rasgo común de las edificaciones públicas del transporte férreo que se levantaron por todo el país entre finales del siglo XIX y la segunda década del XX, es que tienen una apariencia pesada, fachada imponente en contraste con un interior silencioso que se asoció con la arquitectura republicana. ¿Esta casa cumplirá con esta característica? Habrá que investigarlo, pero la descripción de su interior sí le cae de perla.

Doña Gloria y sus hijos dejan claro que tienen planes de trasladarse. Son los últimos días de la casa habitada, por ahora ella seguirá esperando frente al televisor que sean las ocho de la noche para cuadrar la pequeña antena de aire en forma de V y sintonizar los canales nacionales, este sigue siendo un lugar ideal para ver novelas.

John Jairo fue el bebé con el que doña Gloria llegó en los ochenta, una noche a ver televisión. Desde entonces se quedaron… Foto Luis Fernando Riascos Escobar.

Luis Fernando Riascos Escobar, comunicador social de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Foto para www.todosesupo.com

 

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3 COMENTARIOS

  1. Muy lindo reportaje, yo siempre que paso por ahí me preguntaba si estaba habitada y mira que sí, hasta me sorprendió cuando la vi pintada.

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