De qué hablamos cuando hablamos de depresión

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Por JA Hernández C para wwww.todosesupo.com

A Jamy y Valeria, los amigos son ángeles.

Han pasado casi dos meses. Cuando abrí los ojos desee que nada de lo que tenía en mi vida estuviera —no quiero decir que fuera malo—, solamente no quería nada. De repente me sentí involucrado en una estafa en la que yo era el estafador y el estafado; esa anomalía me provocó que me escondiera en el cuarto durante tres días.

A pesar de la angustia, debía encontrar los motivos, pues por muchas cosas debía sentirme satisfecho: trabajo decente, buenos amigos, una novia linda y una serie de posibilidades que empezaban a emerger augurando un año estable, de mayor tranquilidad económica, pero no era así, sentía que mi alma había sido raptada y no quería seguir involucrado en semejante absurdo.

La crisis había empezado días atrás cuando vi cara a cara al más perverso personaje que he conocido en mi vida y su voz retumbaba sin piedad a cada instante en mi cabeza, como una procesión mortuoria anunciando que las cosas ya no podían seguir siendo, pues el hombre había muerto de forma anticipada y con él toda probabilidad de alegría.

Según la organización mundial de la salud (OMS), en el mundo hay más de 200 millones de personas que la están pasando bastante mal justo ahora en sus casas, en sus trabajos, en sus universidades, en sí mismas: padecen depresión. Pensamos que la depresión se trata de un simple aburrimiento, de un capricho para llamar la atención o conmover; pero cuando te deprimes puedes tener las mejores condiciones personales y no las puedes disfrutar, el cerebro no está funcionando de manera adecuada y cualquier situación que se podría manejar con facilidad se sobredimensiona y te aplasta.

Nuestro cerebro es un laboratorio que procesa sustancias todo el día, entre ellas serotonina, norepinefrina y dopamina, que son las sustancias químicas responsables del estado de ánimo, y son justamente las que se desequilibran en la cabeza de los deprimidos, provocando una serie de síntomas que pueden ser insoportables para quienes se encuentran cerca de ellos, pero quien de verdad la pasa mal es el paciente, es él quien está perdiendo todo sin siquiera saber por qué. Es un asunto médico, no sólo anímico.

El sistema de salud y la percepción cultural de la salud mental es medieval, quien padece alguna de estas enfermedades se encuentra en una situación bochornosa que muy pocas veces se atreve a exteriorizar por miedo a ser juzgado. Estuve a punto de cometer actos realmente estúpidos e irreversibles. Tuve que acudir al psiquiatra, mi comportamiento había decaído, mis acciones erráticas y en el proceso muchas personas y actividades que quiero se vieron perjudicadas o abandonadas. Superé el capítulo, pero fue tenso, por poco termino derrotado y en ese caso habría sido mi espada y mi pared. Un mes antes de acudir al psiquiatra, —fue algo que oculté a mis amigos, familiares y el psiquiatra—, ya había intentado en dos ocasiones poner punto final al ruido que llevaba en mi interior y en una de ellas terminé en el hospital por una afección cardíaca que fue controlada.
Lo cierto es que en ese momento de mi vida las cosas no podían ir mejor, pero me sentía terriblemente desolado y no quería hablar de ello, pues pretendía evitar a toda costa ser una carga para mis amigos, sin embargo, llegó el día que todo esto se desbordó y tuve que acudir al médico. Lo raro de todo es que cuando acudes al servicio de urgencias médicas y anuncias que la causa de la visita es que estás deprimido y te querés aniquilar, te miran como un bicho raro —más cómodos se deben sentir realizando el chequeo a un marciano— y ese es un verdadero choque cultural que te ubica en la realidad: la salud mental es tomada como una broma, incluso por el sistema.

Cuando hablamos de depresión hablamos de un tema realmente serio que les ha costado la vida a miles de personas en el mundo porque no acudieron a buscar ayuda médica. Según la OMS, cerca de 3000 personas se suicidan cada día en el mundo —una cada 30 segundos—y otras 60.000 intentan hacerlo, pero no lo logran. Los índices de suicidio han aumentado un 60% en las últimas cinco décadas y este incremento ha sido particularmente agudo en países en desarrollo, especialmente entre personas jóvenes.

Para que contextualicemos la delicadeza del tema, el suicidio es la tercera causa de muerte entre los 15 y los 34 años a nivel mundial. La OMS recalca que la depresión es una de las principales causas del suicidio, y representará para el año 2030 (después del VIH/SIDA) la mayor causa de pérdida de años de vida saludables. Si las cifras no le preocupan, tenga en cuenta que mientras yo escribí este artículo que me tardó una hora treinta minutos, 180 personas se quitaron la vida.

Es grato hacer parte de la estadística de quienes no consiguen acabar con su vida y esto no sólo lo debo a la asistencia médica, es gracias a mis amigos, a su apoyo, al interés que demostraron cuando las cosas se salieron de control, por ustedes hoy he podido escribir esto.

Quiero agradecer y pedir disculpas por los daños causados en el proceso a mis amigos. Cada uno de ustedes ha sido una bendición invaluable, cada una de sus palabras y actos me animó a salir adelante y saber que cuando las cosas vayan mal, se debe tener calma y asumir los síntomas con calma y que puedo contar con ustedes. Ninguno de ustedes tuvo algo que ver en mi decaída de salud, pero si tienen todo que ver en que lograra recuperarme. Cuando había perdido toda esperanza, ustedes me apoyaron día a día, me visitaron en la clínica, ajustaron sus agendas laborales, universitarias y familiares para estar cerca, me soportaron más allá de los límites y me recordaron “el olvidado asombro de estar vivos”.

Nota: si algún amigo o familiar suyo presenta síntomas depresivos, ínstelo a buscar ayuda.

JA Hernández C Poeta y escritor radicado en Yumbo.

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