Tal vez no sean incontables, pero si innumerables, las historias de antepasados que se abstuvieron de compartir sus pertenencias con sus familiares y amistades o se negaron a cederlas a un tal “íbero tirano”. Desde cronistas como don Pedro Cieza de León o el célebre Garcilaso Inca de la Vega se empezaron a difundir en el viejo mundo los relatos, a veces exagerados, de sepulcros, guacas y otras sorpresitas enterradas en el suelo del nuevo mundo que ahora se compartiría con el nuevo hespérico inquilino cuya amabilidad no siempre era su fuerte.

Esta práctica de inhumación logró ocultar las posesiones ante el intruso inmediato, pero no garantizaba que no se pudiera acceder posteriormente a ellas por parte de unos aún más desconocidos. Por eso -dicen las malas lenguas- que nuestros ancestros acudieron a rezos, maleficios, hechizos y maldiciones a las que se haría acreedor quien osara irrumpir el escondite de las alhajas y riquezas que reposaban en el seno de la madre tierra.

Precisamente se dice, de los hostiles terrenos del actual Yumbo, que en alguna parte albergan los bienes de un tal Jacinto Sánchez. Se ha escuchado mucho de la guaca de Jacinto aunque sólo se conoce “la chocita”. Sin embargo -dicen las malas lenguas- que quien permaneciese cerca de su lugar de entierro sería digno poseedor de una maldición que lo condenará a una atávica y eterna adicción al poder.

Por eso -dicen las malas lenguas- que con toda certeza, la guaca de Jacinto está enterrada en los suelos de la alcaldía de Yumbo.

Por: Marlium Jamir Pérez para www.todosesupo.com

Marlium Jamir Pérez /Estudiante de sociología y de estudios políticos y resolución de conflictos; miembro de la Asamblea Departamental de Juventudes Liberales, del colectivo Colombianos y Colombianas por la Paz, del Parlamento Nacional de Juventudes Liberales y del Instituto del Pensamiento Liberal ‘Alfonso López Michelsen’.

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