La invasión consentida

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Por: Mahmoud Abdlkhabir ibn Marlium Jamir para www.todosesupo.com

I

Jactarse de haber vencido «al íbero tirano» ya no tiene mayor mérito. Mucho menos si no hace en pleno furor de la gesta sino dos siglos y pico después de que «cesó la horrible noche» y en un castellano tan arcaico como el de las exageradamente pomposas y engañosas letras de un himno, pero de eso pretendo hablar en su momento.

Ahora mismo, por ejemplo, está muy bien hablar con desprecio y legitimada exageración de la conquista española y de quienes no se sentían particularmente incómodos con ella y sus formas, o bien, simplemente —por lo que sea— no les parecía tan agradable el proyecto de la gesta libertadora.

Del mismo modo, actualmente es bastante fácil estar en contra del proyecto nacionalsocialista alemán, de la Santísima Inquisición, de la esclavitud de antes, del modelo estalinista soviético, del apartheid…, y la lista podría seguir si fuera lo que motiva estas líneas. Otra cosa habría sido hacerlo en pleno furor de la cosa.

II

Pero no. Hoy, como de costumbre vengo a hablar de algo más ligero, menos trascendente, pero más cotidiano. De otra invasión: la que avanza sobre ese territorio que hemos convenido en llamar, y a veces solamente en llamar, «espacio público».

No, tampoco voy a lamentarme de los vendedores ambulantes, ni de los no tan ambulantes, ni de la actividad informal, ni de la sobreformalizada, ni de los negocios paisas de baratijas chinas, ni del gran comercio que se siente estrecho en sus propios límites, ni de los conductores que ven un estacionamiento en cualquier lugar que su vehículo pueda ocupar en el espacio… De nada de eso, sino de la invasión bonita, justificable, agradable y, sobre todo, consentida, tanto en el sentido de permitida de buena gana como en el de mimada.

III

Hablo de ese bondadoso vecino que a la sombra de su particular sentido de la estética, decide cubrir sardineles, sifones, rejillas y tapas de acueducto y alcantarillado con franjas irregulares verdirrojas o pasteles, estampar en andenes y calles —en esta obsesión tropical por la nieve— una versión yanqui de San Nicolás, un disforme muñeco de nieve con bufanda de lana, un reno que tiene más pinta de orco de Mordor, un pino navideño digno de una réplica de Picasso. Hablo de ese mensaje malortografiado que comienza con bondadosas letras amplias y termina como el prospecto de un medicamento.

Ahora me dirijo a usted, vecino bondadoso de buenas intenciones, pero mal gusto, con una pregunta genuina: ¿Qué le ha llevado a pensar que a una población que omite algo tan elemental y vital como las señales de tránsito, va a fijarse en ese ya descolorido matacho condenado a ser pisoteado e ignorado por todos menos por aquellos vecinos amargos a quienes nos molesta?

Pero como tampoco quiero sobrepasarme en ejercer el rol del Grinch, voy a aprovechar para hacer un homenaje a esos héroes y a esas heroínas que armados con bastón, bordón, muleta, caminador u otro soporte cualquiera en mano, libramos una gesta —que raya con el patinaje sobre material acrílico— contra las pinturas que ciudadanos bien intencionados esparcen en los andenes y que son un resumen del razonamiento según el cual el andén que está frente a la casa es una extensión de su propiedad privada, o bien, si es de público y de todos entonces debe ser particularmente mío.

El concho: No siempre lo bello es bueno, pero menos veces lo que es bueno y bello para mí o para un conjunto, lo es para el resto de los mortales. Que lo diga la restauradora Cecilia Giménez.

Mahmoud Abdlkhabir ibn Marlium Jamir, sociólogo yumbeño. Foto para www.todosesupo.com
Mahmoud Abdlkhabir ibn Marlium Jamir. Estudiante de sociología, miembro de «Colombianos/as por la paz» y del comité ideológico de «Juventud Liberal Socialdemócrata» (JLS). Exmiembro del Parlamento Nacional de Juventudes Liberales.

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